B.S.O: "Mansard Roof by Vampire Weekend"
Recuerdo a Carla con la boca llena de profiteroles y los labios manchados de nata contándome los pormenores de su "incontinencia amatoria"; así es como ella había nombrado su tendencia irrefrenable a amar, y sólo el hecho de haberla nombrado ya le proporcionaba un bienestar próximo a la curación que tanto proclamaba necesitar.
Cada semana Carla me contaba la misma historia, con diferentes protagonistas masculinos y en diferentes cafeterías a las que parecía seguirnos el mismo cruasán triste, que levantaba sus cuernos para salir de la monotonía escuchando las mieles de los amores intempestivos de Carla.
Ella sí que adoraba los cuernos, entre otras cosas mucho peores, caramba cómo se escandalizaban las personas que se desayunaban como yo con sus aventuras, no había quien aguantara con el estómago vacío aquellos apetitos sexuales, tan pormenorizados como la composición de un laxante.
Yo asistía a toda aquella incontinencia verbal sobre su sexo desaforado sin pronunciar una sola palabra, desmigando mi solitario cruasán con dedos sonrojados, mirando su boca mojar experiencias ardientes en el café, hasta que ya no podía más y terminaba bebiéndome a sus espaldas el sobre de azucarillo a palo seco.
Buscando explicación a su incontinencia, Carla se empeñaba en explicarme por qué amaba con todas las letras y me miraba a los ojos repitiendo la palabra amaaaarrrrr, arrastrando las sílabas tanto como podía, estirando las vocales tanto como permitían sus labios, abusando de los adjetivos, violando el verbo de manera desenfrenada, su lengua rosada relamiendo sin pudor el aire viciado de la cafetería.
Después nos despedíamos, ella satisfecha por tener un amigo a quien confesarse y yo por haber hecho migas con toda la bollería industrial del bar; yo sabía que durante las próximas horas sólo sería capaz de abrir y cerrar mi portátil una y otra vez, embebido en una temperatura peligrosa para mi cerebro, calenturiento y absurdamente antojado de profiteroles con nata.
Engordé mucho a causa de nuestras citas. Ella hablaba y yo comía. Hasta que descubrí la verdad... y decidí comérmela.
La verdad, desvelada por una amiga indiscreta, era que Carla apenas había vivido una inocente experiencia amorosa antes de hacer la primera comunión. Nada más.
Cuando lo supe no me sorprendí, no hubo enfado, más bien al contrario, sentí cómo una fuerza irrefrenable me empujaba a coger el teléfono y llamar a Carla, citarla en una cafetería, pedir mi cruasán y sus profiteroles, y esperar a que ella llegase sonriente con la mentira preparada en la boca. No tuvo tiempo de reaccionar. Antes de que la primera palabra se escurriera entre sus labios, le levanté los hojaldres sin contemplaciones y, ausente del menor recato, le hinqué el diente a la flor y nata de su pastelera incontinencia amatoria.
Sin duda, fue la experiencia más dulce de toda mi vida.
@rdlfb