Abres la puerta como si nada pasara y me tratas como tratarías a la del tercero… Tu flequillo –por fin creciendo- se mueve inconsciente hacia mis rizos mientras salen de nuestras bocas palabras convencionales que cruzan lugares comunes en la escalera y en tono bien alto, para que todos oigan y sepan que nuestra relación ya es normal, corriente, amaestradísima.
En tus ojos y en los míos no hay sino la necesidad de normalizar, de hacer como si nada hubiera pasado jamás, pero nuestras pupilas saben más que nuestros sesos… Si nuestro corazón estuviera hecho de rasca y gana, nuestra uña descubriría debajo de la tinta plata algo más que un premio, un auténtico sobresalto; el de la certidumbre del amor insatisfecho por siempre jamás.
Puedes seguir moviendo la boca como si cenaras, que yo seguiré andando hacia mi casa como si mis piernas supieran dónde van. Pero los dos sabemos que nuestros caminos se cruzan en un vértigo de sábanas blancas y muros inexistentes, en pueblos ribereños cruzados a toda velocidad, en canciones pensadas para aturdir a los amantes, y entre maletas que se cierran aprisionando un viaje que jamás emprenderemos sino es en sueños húmedos, intermitentes, agazapados y afortunadamente calenturientos.